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Los límites de la bonanza en el mercado internacional de los minerales parecen inclinarse en reversa, dando por concluido un período de inmejorables éxitos de más de tres años.
Las apreciaciones en la materia no pueden darse como simples especulaciones o deseos personales, porque constituyen resultados visibles que se reflejan en las cotizaciones que a diario difunden los mecanismos creados para establecer los influjos del juego “economicista” de la oferta y la demanda.
La coyuntura de los precios altos que, a decir de los “cooperativistas”, ha sido histórica y de trascendental importancia para dicho sector, también fue favorable para las empresas grandes y pequeñas y, por el contrario, no fue así para el Estado. En otras palabras, constituyó un “repris” de lo ocurrido hace más de un siglo (1880), cuando se produjo un viraje espectacular con precios muy altos y sin una política minera concreta que diera paso a la transformación de los sistemas productivos con la incorporación de nueva tecnología gracias a la llegada del capital transnacional, especialmente chileno.
La ausencia de una política definida y concreta para el sector minero ha sido una constante hasta los años 30, se repite durante la década de los 40 y retoma vigencia, con mayor visibilidad, en el período de las dictaduras militares de los años 70.
En criterio de los mineros de base, de las cooperativas mineras tradicionales y auríferos, existe un ambiente muy favorable en el mercado internacional, alimentado internamente por la ausencia de definiciones sobre líneas concretas y determinantes que regulen el accionar de todo el sistema productivo minero. A su vez, también existen necesidades concretas que deben ser atendidas por el Estado y que sustituyan el abandono en que se encuentran, para mejorar sus sistemas.
Aunque estas afirmaciones deslizan ambivalencias o dicotomías nada coherentes con los intereses del Estado, constituyen el reflejo de ciertas exigencias importantes que posibilitarían mostrar que el Estado está presente, con políticas claras y definidas, en un nuevo código que aclare el panorama minero boliviano.
El sector minero es el que más ministros ha cambiado durante los cuatro primeros años del gobierno del “cambio”. El primero, con ascendencia cooperativista, pretendió impulsar una política definida al proponer al Gobierno un “Nuevo Código Minero”. El resultado de su pretensión se repitió con el segundo. Ambas experiencias permitieron al tercero pisar fuerte en su despacho, sin tocar aquel tema que incomodaba a la estructura gubernamental.
La coyuntura nos muestra que se está repitiendo lo vivido por Bolivia a finales del Siglo XIX, cuando una nueva “élite minera” comienza a funcionar como “un grupo de presión” que busca más coherencia con su propósito de imponer un sistema más dócil a sus intereses particulares. En este esquema no sólo están involucradas las cooperativas, como organizaciones de masiva representatividad, sino que los grandes mineros medianos cohonestan sus intereses con la gran minería representada por San Cristóbal, en el sudoeste potosino.
Si pudiésemos llegar con ciertas sugerencias al Gobierno, nos atreveríamos a señalar que es tiempo de imponer políticas que recuperen la dignidad nacional con participación accionaria en las grandes empresas, en el sector mediano e inclusive, con un control social más activo en las cooperativas tradicionales y auríferas. Un ejemplo de aquello se encuentra en la vasta literatura de la llamada “Revolución Nacional”.
Tomando en cuenta que el sector, de todas maneras, constituye un importante factor de generación de empleo, así se utilice los sistemas tecnológicos más avanzados, se debería incorporar nuevas tecnologías productivas y mejores sistemas de control en la exportación de minerales, incluyendo los flujos estatales, al exterior. La incorporación del elemento Estado en las políticas productivas, permitirá con mayor eficiencia avanzar con el llamado cambio estructural, político, económico y social y en esa lógica, el país encontrará el camino de una real evolución histórica.
No debemos perder de vista que por esencia e historia, Bolivia es país minero.
Fuente/Hidrocarburos Bolivia/Fernando Valdivia Delgado
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